‘Las locuras del emperador’, o la locura de meterse en la piel del Otro

“¡EN ESTA COLINA EDIFICARÉ KUZ-KO-TOPIA!”

Hay muy pocas personas de mi generación que pueden escuchar esa frase sin reírse. Y a los que no se ríen, por lo menos se les escapa una sonrisa, al recordar las tardes que pasamos sentades con las piernas cruzadas en el piso, en frente de la televisión de tubo y el VHS, reviviendo una y otra vez la misma historia. Esa del joven emperador caprichoso y egocéntrico que es convertido en llama por su malvada consejera real, y recorre las selvas del Antiguo Perú, sorteando persecuciones y obstáculos, con un campesino llamado Pacha como su compañero de viaje. No caben dudas de que este film se merece esas sonrisas y esos recuerdos nublados de cariño…pero es sólo desde una mirada más adulta que pude entender en dónde reside su verdadero encanto. En este artículo crítico me propongo explorar cómo esta película, que puede ser fácilmente desestimada como una aventura animada para niñes, es también una reflexión extremadamente profunda sobre el encuentro con la Otredad, y al mismo tiempo una reflexión sobre la propia naturaleza de la ficción, cuando esa ficción es construida desde el punto de vista de los poderosos. 

Ambos ejes serán analizados a partir del arco del personaje de Kuzko. Al principio de la película se nos presenta como un tirano malcriado, que vive encerrado en su fortaleza y no posee el más mínimo interés por conocer lo que existe por fuera de ella (aunque sea responsable por todo y todes quienes existen allí). Parece incapaz de conectar con nada ni nadie, menos con su propio deseo. Vemos cómo le anuncia a Pacha que desplazará a su aldea entera para construir su palacio de verano, y ante su reacción escandalizada, responde: “Deberían haber pensado en eso antes de convertirse en plebeyos”. Una actitud meritocrática típica de las clases poderosas, que se comportan como si, al momento de nacer, las personas llenaran un formulario en el cual deciden si quieren ser emperadores o plebeyos. 

Es difícil no ver en la actitud inicial de Kuzko (su falta de empatía, la falta de conciencia de su privilegio, el querer llevarse el mundo por delante, desplazando una aldea entera, para edificar su propia construcción) una oscura premonición de lo que, años más tarde, sería la conquista europea de ese territorio, pero con un final feliz. Y el germen de ese final feliz aparece en el momento en el que Kuzko se ve obligado a reconectar con su propio pueblo, a recorrer en forma de llama las tierras sobre las que reina, a meterse en la piel de aquelles quienes, hasta entonces, ni se había dignado a mirar a los ojos. Se sabe que, en las zonas rurales o selváticas del Perú (o incluso en la actual ciudad de Cuzco), no hay animal más común y corriente que una llama. La llama es, como puede verse en la aldea de Pacha y en la figura tallada en madera en la entrada de su casa, la compañera más fiel del pueblo, la que facilita todas sus andanzas y trabajos. Es sólo en forma de llama que el emperador puede atravesar los muros de su palacio, caminar las calles y los senderos, ver los rostros de la gente de a pie. Y, después de 18 años de no haber dependido de nadie, de ser la concentración absoluta del poder, dependerá de una de esas personas para poder volver a casa. 

En definitiva, es esta metamorfosis lo único que hace posible que Kuzco pueda salir de la ceguera que ha ocasionado una vida entera de omnipotencia y privilegios. La metarmorfosis lo fuerza a ubicarse en el mismo nivel que el campesino, el trabajador, el ciudadano común, el Otro, ese Otro desconocido, ese Otro a quien tanto ha despreciado y del que se sentía absolutamente desconectado. Tal vez ni siquiera en el mismo nivel: un nivel más abajo. En un abrir y cerrar de ojos, pasa de ser el amo y señor del pueblo a ser su mascota, su animal de carga, su compañero del día a día. Pasa de mirarlos desde arriba, desde un trono, a tener que estirar su cuello de camélido para poder mirarlos a la cara.

Esto puede verse claramente en la escena en la que deciden parar a comer en un restaurante en el medio de la montaña. En la entrada de dicho restaurante, hay un cartel que indica que no se admiten llamas. Por primera vez en su vida, Kuzko se enfrenta con no ser bienvenido en algún lado. Él, quien nunca tuvo que pedir permiso para nada, quien siempre tuvo pase libre para cualquier lugar a dónde quisiera ir y cualquier cosa que quisiera hacer, de repente tiene que hacerse pasar por una mujer aldeana para poder comer en ese establecimiento.  Esta escena nos indica también lo desconectado que estaba Kuzko con su propia cultura; la profundidad del desconocimiento del pueblo que él mismo gobierna y el abismo que hasta entonces lo separó de elles: no puede ni mirar la comida que Pacha come como si fuera un manjar. 

Sin embargo, hay otra escena en la que se marca un punto de inflexión, una simple línea de diálogo que podría fácilmente pasar desapercibida, pero que condensa gran parte del crecimiento del personaje: hacia el final, cuando está probando mil pociones para intentar recuperar su forma humana, pasa por diversas formas: una tortuga, un ballena, un ave. En el medio de eso, toma un trago de la poción original, y regresa a la forma de llama. Entonces se le escapó un grito de alegría: “¡Soy una llama de nuevo!”   

En su trayecto, pudo encontrar entre él y la llama (la llama trabajadora, la llama campesina, la llama a la que no dejan pasar a los restaurantes) una identidad compartida. Supo reconocer algo de si mismo, en ese cuerpo que era el de Otro. 

La gran transformación de Kuzko está en los detalles. En la secuencia final, vemos que finalmente se ha construido una casa de verano, pero lejos de ser un palacio con murallas bañado en oro, es una choza muy similar a esa en la que viven Pacha y su familia- y están solo a unos metros de distancia (supo encontrar un sentido de pertenencia, en esa aldea que era de Otro). 

Por otro lado, para terminar de comprender la totalidad de esta transformación y su despliegue en la pantalla, es fundamental detenernos en la construcción de la narración en sí misma, y el modo en que los personajes se relacionan con esa narración. 

Los personajes, o al menos el protagonista, si bien no se autoperciben como personajes de ficticio, saben que son parte de una reconstrucción a posteriori del relato que cuenta. Incluso parece tener un conocimiento previo de los elementos recurrentes de las películas de aventuras: en una escena en la cual Kuzko y Pacha flotan por un río, atados uno a cada lado de un tronco, Kuzko le dice a Pacha: “Estamos por caer por un cascada de varios metros de altura, con piedras filosas en el fondo”. Pacha responde “Sí, probablemente”.  Y eso es, efectivamente, lo que pasa a continuación. Este no es el único momento en el que un personaje demuestra saber que está dentro de una película, y que hay espectadores del otro lado: en la persecución final, hay un corte directo a un plano de un mapa, en el que se dibuja “en tiempo real” el recorrido de Kuzko y Pacha, con líneas rojas, y el recorrido de Izma y Kronk, con triángulos violetas. Cuando se regresa al escenario de la jungla, en el que se ve a Izma y Kronk corriendo, esas marcas que aparecían en el mapa aparecen en el suelo. Kronk e Izma las miran, se miran entre elles, luego se encogen de hombros (como si fuera algo que les ocurriera con regularidad) y siguen su camino. 

Sin embargo, lo más interesante de este aspecto de la película es el uso de la voz en off, las rupturas de la cuarta pared y la función de Kuzko como narrador. En el prólogo de la película nos encontramos con Kuzko, en forma de llama, solo en la selva, bajo la lluvia, y escuchamos su voz en off, que nos cuenta que esa llama es él mismo, y que antes de ser llama, era emperador. Nos dice que era el  tipo más amable del mundo, y arruinaron su vida sin ningún motivo. El Kuzko que nos habla en este momento es el Kuzko del principio de la película, el Kuzko que se considera rey del universo. Tiene muy en claro que le está contando la historia a una audiencia, y también tiene muy claro como quiere hacer quedar a cada partícipe de ella. El hecho de que el narrador sea autoconsciente y al mismo tiempo protagonista nos abre las puertas a un análisis inesperadamente rico sobre cómo ese narrador se cuenta a sí mismo la historia de lo que sucedió. 

No es casual que sea Kuzko, y no Pacha, o Izma, el que oficia como narrador. Kuzko es el emperador, Kuzko es quien decide sobre las vidas de todes a su alrededor, de manera que no podría ser otra persona la que decide desde qué punto de vista se construiría esa narrativa. Antes de decir: la historia la escriben los vencedores, diría que, en Las Locuras del Emperador la historia la escriben los poderosos…o por lo menos lo intentan.

Sucede que, llegada una cierta instancia, los hechos comienzan a traicionar a la intención de esa voz en off (e incluso, en otra instancia más avanzada del largometraje, el propio Kuzko-Personaje contradice al Kuzko-Voz en Off.) Pacha está sentado afuera de su casa, con la cabeza entre las manos, luego de haberle mentido a su esposa, al no saber cómo explicarle que se verán obligados a dejar su hogar. Entonces, Kuzko- Narrador aparece en escena, interrumpiendo la proyección de la película, y le habla a los espectadores (que corren el riesgo de estar empatizando demasiado con Pacha). Nos recuerda que la historia es sobre él, no sobre Pacha, que él es el que se encuentra inconsciente en la bolsa en la carreta, y dibuja una cruz roja sobre el aldeano. Pero ya es tarde: quienes venimos presenciando el desenvolvimiento de la trama y el comportamiento del emperador sabemos muy bien de qué lado estar. 

Y el momento más hermoso de toda la película es ese en que él mismo lo reconoce. El momento cúlmine, tanto de la extremización del método narrativo como de la evolución de Kuzko como personaje. Cuando nos encontramos, finalmente, frente a la misma imagen que vimos al comienzo: la llama solitaria y triste, bajo la lluvia. La voz en off vuelve a entrar en juego, y nos recuerda “Aquí es cuando llegaron ustedes. Ven, como les dije, está claro que yo soy la víctima. Yo no hice absolutamente nada, y arruinaron mi vida y me sacaron todo lo que tengo. Entonces, se produce un desdoblamiento del personaje: el Kuzko en escena interrumpe al Kuzko fuera de campo (la voz en off) y le pide por favor que se calle, que “ellos” (es decir, nosotres, les espectadores), vimos todo y sabemos lo que de verdad  pasó. Su debate interno se despliega de este modo, absolutamente gráfico, y genera un punto de inflexión en todo lo que vendrá: Kuzko ya ha habitado el mundo en forma de llama por más de dos días, dos días en los que, además, ha salvado y ha sido salvado por Pacha. Dos días en los que se han acompañado, se han ayudado y lo más importante de todo, se han reído. Dos días en los que ha conocido los rincones más recónditos de su imperio, y ha escuchado a Kronk decir que en el palacio todes le creen muerto, pero nadie lo extraña. Dos días en los que se ha dado cuenta de que la omnipotencia tiene un precio, y que su voz no es la única que merece ser escuchada. No es el mismo Kuzko que comenzó a narrar. Ese Kuzko, el Kuzko Narrador, se ha ido, y no volverá aparecer en lo que queda de la película. A partir de esta escena, la historia deja de estar solamente en sus manos, y se transforma en una construcción colectiva hacia el final feliz. 

Y tal vez a eso se deban las sonrisas de les que hoy, como adolescentes o adultes, recordamos a Kuzko, el emperador convertido en llama: la enseñanza, tanto más potente en la medida en que fue silenciosa, de que en el fondo llamas y humanes; y emperadores y campasines, pueden ser mucho más parecides de lo que son diferentes. Que podemos amar lo que somos, sin odiar eso que no somos. Que todes somos, al final del día, la gran “Otra” o el gran “Otro” de alguien. Que podemos aceptar y celebrar el lugar que nos ha tocado en el mundo mientras aprendemos de Les Otres, y aprendemos a honrar sus enseñanzas. Que podemos y debemos exigir de nosotres mismes mucho más que la simple coexistencia. Que podemos y debemos exigirnos amor para les seres con quienes compartimos un territorio, una cultura, una lengua, una historia y un futuro (amor, en el sentido más amplio y colectivo de la palabra). Que nos debemos a nosotres mismes y a les Otres la revisión de nuestras propias narrativas. Que quienes tienen el poder siempre van a hacer quienes controlen la pluma (o, en este caso, el montaje) y está en sus manos el abrir o no el juego. Que lo más trágico que puede pasarle a un pueblo es que no exista entre sus habitantes el impulso de conectar. 

Y que tal vez haya que escuchar con más atención las historias que nos cuentan las llamas. 

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