Mi elección es Joaquin Phoenix. Y no es casual. En un Hollywood plagado de estrellas predecibles, este hombre es una anomalía fascinante: un intérprete que nunca hace lo mismo dos veces, que elige sus proyectos con una exigencia casi monástica y que lleva más de tres décadas entregándose en cuerpo y alma a personajes que nadie más se atrevería a tocar. La filmografía de Phoenix incluye películas como Signs, The Village, Hotel Rwanda, Her e Inherent Vice, pero esos títulos son apenas la punta del iceberg de una carrera que, vista en su totalidad, resulta sencillamente abrumadora. Nacido en una familia de artistas y marcado de por vida por la pérdida temprana de su hermano River Phoenix, Joaquin construyó su propio camino a fuerza de riesgo, talento y una honestidad artística que pocas veces se ve en la industria.
El punto de partida obligado es Gladiator (2000), la épica histórica de Ridley Scott que lo lanzó al estrellato mundial de una sola vez. Su interpretación del inseguro y ambicioso emperador Cómodo le valió su primera nominación al Premio de la Academia como Mejor Actor de Reparto, convirtiéndolo en uno de los antagonistas más memorables de la historia del cine. Cinco años después llegó En la Cuerda Floja (Walk the Line, 2005), el biopic sobre Johnny Cash donde Phoenix no solo actuó sino que cantó e interpretó la guitarra en vivo con una convicción tan absoluta que resultó difícil distinguir al actor de la leyenda. La actuación le valió el Premio Globo de Oro al Mejor Actor de Comedia o Musical, y una segunda nominación al Oscar que, injustamente, tampoco se convirtió en estatuilla. Dos películas, dos universos completamente distintos, y el mismo resultado: una presencia en pantalla imposible de ignorar.
Para descubrir al Phoenix más oscuro, más físico y más perturbador, dos títulos resultan absolutamente esenciales. El primero es The Master (2012), la obra maestra de Paul Thomas Anderson inspirada vagamente en los orígenes de la Cienciología, donde Phoenix comparte pantalla con el grandioso Philip Seymour Hoffman en un duelo interpretativo que muchos consideran el punto más alto de su carrera. Desde entonces, Phoenix se decantó por papeles cada vez más psicológicos que requirieran actuaciones más complejas y que, más allá de cualquier diálogo, le permitieran transmitir el sentir de sus personajes con la mirada o su comportamiento. El segundo es Nunca Estarás Solo (You Were Never Really Here, 2017), el demoledor thriller de Lynne Ramsay donde encarna a un veterano traumatizado que rescata menores de redes de tráfico humano, una actuación tan contenida y visceral que le otorgó el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes.
El capítulo más conocido de su carrera llegó en 2019 con Joker, el origen del icónico villano de DC que se convirtió en un fenómeno cultural sin precedentes. La película se convirtió en un éxito de taquilla recaudando más de mil millones de dólares contra su presupuesto de producción de cincuenta y cinco millones, siendo la primera y única película con clasificación R en lograrlo, y Phoenix finalmente se alzó con el Oscar al Mejor Actor que su carrera llevaba años reclamando. Al recibir su premio, el actor no desperdició el micrófono para hablar de lo que más le importa: “El mejor obsequio es usar nuestra voz para los que no tienen voz. A veces uno siente que defiende causas diferentes, pero veo un evento común: ya hablemos de igualdad de género, racismo o derechos de los animales, es la lucha contra la injusticia.” Un discurso tan valiente y honesto como sus propias películas.
Fuera de los grandes géneros, la faceta más tierna y sorprendente de Phoenix se revela en Her (2013), la magistral película de Spike Jonze donde interpreta a un hombre solitario que se enamora de un sistema operativo de inteligencia artificial, en una actuación de una delicadeza y una humanidad que desarman por completo. Y en el polo opuesto, Beau tiene miedo (Beau is Afraid, 2023), el delirio surrealista de Ari Aster, lo muestra enfrentando sus miedos más irracionales en una odisea de casi tres horas que divide opiniones pero confirma, una vez más, que este actor nunca elegirá el camino fácil. Phoenix debutó en la actuación a los ocho años, lleva más de cuatro décadas delante de una cámara y sigue siendo, película tras película, el intérprete más impredecible, valiente y genuinamente apasionante que Hollywood tiene para ofrecer.