‘Tres adioses’ – Cuando decir adiós se vuelve un acto de supervivencia y afecto

Cuando decir adiós se vuelve un acto de supervivencia y afecto – ‘Tres adioses’ (2025) por Selena Carrillo.

Hay historias que cargan con un peso que trasciende la pantalla antes de que se proyecte el primer fotograma. Adaptar la obra póstuma de la escritora y activista Michela Murgia -publicada poco antes de su fallecimiento a causa de un cáncer terminal- era un terreno sumamente resbaladizo, propicio para caer en la lágrima fácil o en el golpe bajo. Sin embargo, en Tres adioses (Tre ciotole), la directora Isabel Coixet decide esquivar los clichés del drama médico para construir una obra luminosa, agridulce y profundamente humana, donde el foco no está en el dolor de la pérdida, sino en los rituales que nos mantienen a flote.

La caída y el despertar de Marta

La trama nos sitúa en Roma y arranca con un adiós bastante común pero demoledor: la ruptura de una pareja que llevaba siete años junta. Marta, una profesora de secundaria, ve cómo su vida se desmorona de golpe cuando su pareja Antonio, un chef en pleno ascenso, decide abandonar el hogar tras una discusión aparentemente trivial. La soledad, sumada a una pérdida total del apetito y a una serie de malestares físicos, la llevan a una consulta médica que cambia las reglas del juego por completo: un diagnóstico de cáncer avanzado.

A partir de esa noticia devastadora, la película se niega rotundamente a ser un relato melodramático tradicional. En lugar de encerrarse en la autocompasión, la historia se transforma en el despertar tardío pero fascinante de una mujer que empieza a tomar las riendas de su existencia como nunca antes. Coixet aprovecha ese punto de quiebre para hablar de las pequeñas cosas que sostienen a una persona en crisis: los rituales cotidianos, la necesidad de soltar las apariencias y esa metáfora de los tres cuencos que Marta consigue casi por casualidad en una promoción de supermercado, resignificándolos como símbolos de su apetito por seguir viva.

Una comunidad de afectos frente al abismo

Gran parte de la magia y la calidez que transmite la película reside en el trabajo de su elenco. Alba Rohrwacher entrega una actuación magistral, cargada de una vulnerabilidad desarmante, ironía y una mirada cansada pero luminosa que sostiene cada escena sin caer en la exageración. A su lado, Elio Germano retrata con mucha solvencia a un hombre atrapado en sus propias dudas y arrepentimientos, mientras que los personajes secundarios -desde la impulsiva hermana de Marta hasta ese compañero docente interpretado con enorme simpatía por Francesco Carril- tejen una red de contención real y creíble.

La película sabe balancear muy bien las emociones. Hay espacio para el humor sutil, para los pequeños momentos absurdos y para una atmósfera comunitaria donde la gastronomía y la amistad funcionan como verdaderos refugios. La puesta en escena en 35 mm a cargo de Guido Michelotti retrata los rincones de Roma y el río Tíber de forma íntima, sin recurrir a la típica postal turística, apoyada por una selección musical y una banda sonora impecable que acompañan los momentos de introspección sin buscar la manipulación sentimental.

Es cierto que, por momentos, el guion coquetea con cierta estructura discursiva o de autoayuda hacia su tramo final, rozando esa idea de que la enfermedad vuelve a la protagonista una especie de guía espiritual con verdades absolutas. Sin embargo, la frescura y la honestidad de las interacciones logran salvar el relato de cualquier trampa convencional.

Veredicto

Tres adioses es una pieza conmovedora, tierna y necesaria que entiende que despedirse también es una forma de aprender a vivir. Lejos de regodearse en la tragedia de un final anunciado, celebra la belleza de los vínculos humanos, el rescate de la cotidianidad y el valor del tiempo que nos queda por compartir. Una obra sumamente emotiva que confirma que, incluso en las circunstancias más duras, el cine puede ser un refugio de consuelo y empatía.

Puntuación: 4/5