Review de ‘Exit 8’ por @javiercarrizo_cine
Por medio de una gran sencillez y de una producción que puede pensarse como de bajo costo, Genki Kawamura desarrolla un film desbordante en el que la sorpresa y la repetición, caminan a la par para otorgar una deslumbrante versión de la basada en el videojuego homónimo.
Es increíble percibir el cambio generacional de los cineastas, cuando llegas a la conclusión de que el film de Kawamura, tiene cierta influencia de Love Exposure la obra póstuma de Sion Sono, que tuve la suerte de ver (no me gusta incluir la primera persona en mis críticas y/o reseñas pero por esta vez me lo permitiré), en el marco de un BAFICI justamente en ese mismo complejo de cines del Abasto, allá por el año 2008. Es verdad que El Bolero de Ravel es la excusa musical óptima para que se integre en la película, pero no creo que sólo sea ello lo que encuentre como relacionable en Exit 8, respecto a la mejor producción del prolífico autor mencionado. Aunque a la vez, esa sensación de asfixia generada por el bucle que implica el capitalismo, se incluya también para conseguir el mismo estadio en el espectador, en la ópera prima de Michael Haneke, El Séptimo Continente.
En una película que alberga una increíble similitud con el videojuego de KOTAKE CREATE, Kawamura propone una experiencia inmersiva en el que la platea se convierte en la protagonista a través del plano subjetivo que plantea el hecho de ser los ojos de su personaje principal.
La premisa en Exit 8, consiste en que una persona anónima que se encuentra atrapada en un rulo en una estación de metro, debe avanzar únicamente cuando una anomalía no aparezca en su campo de visión. En el caso de que ello sucediera debe regresar en sus pasos, o volverá al inicio sin ser capaz de huir de ese lugar.
Este protagonista que tanto para los créditos como para la trama se reconoce como “el hombre perdido”, es quien lleva delante la acción en nombre del espectador. Pero Exit 8, no se reduce sólo a ello, porque en realidad la producción japonesa reflexiona sobre varias cosas, de modo que se preocupa por realizar una demanda política y social en la que resalta el individualismo impregnado en el tejido social, la dualidad o diversas perspectivas del encierro, y como Möbius Strip II (Red Ants), del artista neerlandés Maurits Escher, resume la rutina del personaje principal y la de miles de viajeros que transitan diariamente el transporte público, atrapados en un camino repetitivo y cíclico.
A todo esto, lo más descabellado es que la anomalía se resignifica como una alteración de ese orden, que imposibilita la posibilidad de salir del círculo que plantea el “no lugar”. A través de un preciso diseño de arte, Kawamura parece acercarse más a un thriller psicológico que muy poco tiene de terror, pero siempre en el marco de una experiencia tan extraña como genuina.